Es hora de decirle adiós. Fue usted una inspiración magnífica para los días grises de mi vida, en los que pintó de verde los pastizales en que nos tendimos a contemplar el cielo azul. El caracol amarillo de mi oreja escuchó con gusto sus muchas historias negras y sus pocas historias blancas. Su voz deleitó mis sentidos cuando cantó con mi oído en su corazón, aderezando cada nota con su palpitar rítmico.
Sólo quiero decirle que por usted habría llenado las calles de hojas otoñales para que se deleitara con su sonido crujiente al pasar sobre ellas. Podía imaginar su sonrisa blanca brillando entre marrones, dorados, naranjas y rojos. Pero debo dejarle ir, a sabiendas de que usted se arrepentirá de no amarme y yo lamentaré profundamente que usted no lo haya hecho.
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