Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido un acontecimiento repentino que lo cambió todo. Una o varias veces.
Juan era un hombre normal, común. Un solitario. No tenía sueños, aspiraciones, deseos, pasiones. De cierta manera no tenía vida. Trabajaba en una oficina en un banco y siepre iba de traje gris y zapatos negros. Tenía la misma rutina todos los días, no tenía novia, mascota, hijos ni amigos. Su vida era simplemente monótona y aburrida, incluso él mismo tenía conciencia de ello, pero estaba conforme y temía cambiar.
Un día cualquiera, Juan va caminando hacia el trabajo, con su maletín en la mano, como siempre. De un momento a otro, empieza a sentirse mal y cae al suelo. Mientras pierde lentamente la conciencia, ve la gente que se arremolina en torno a él. Luego, sólo ve manchas de colores y finalmente todo es oscuro.
Juan despierta en una camilla. Un médico lo está observando atentamente. Todo es confuso. El doctor le dice: Tienes problemas de corazón. Aún no sabemos con seguridad qué es. Sin embargo, debes alejarte del estrés y las emociones extremas. Te recomiendo que vayas a vivir a un lugar más tranquilo, si es posible. Juan piensa en la ironía de esto. Siempre está expuesto al estrés por su trabajo, pero no ha hecho nada extremo en su vida.
Una semana después, Juan ha renunciado a su trabajo, ha sacado sus ahorros, suficientes para mantenerse por bastante tiempo, y ha buscado una nueva casa que reemplazará a su apartamento gris y frío. Por alguna razón que aún no entiende, se siente muy bien mientras mira los clasificados de casas en las afueras. Suena el teléfono. Juan contesta. Es el doctor. Tiene buenas noticias: La enfermedad no es grave, Juan puede volver a su viejo trabajo. El mundo parece detenerse para Juan durante unos momentos. Entonces se da cuenta de la causa de su felicidad espontánea: Ha salido de la ciudad de cristal, ha dejado de depender de su rutina, y no quiere volver a ella. Pasó demasiado tiempo rondando los edificios frágiles de esa ciudad, frágiles como él mismo, capaces de destruirse al menor impacto.
Juan se marchó de la ciudad de cristal.
¡Oh,que hermosos a veces son los sueños! Diría algún poeta.Esta lectura vislumbrme pareciérome allá a lo lejos el ocaso de mi vida,alejándome ya de la ciudad de cristal,del mundo de cristal.Ahora,la densa niebla de la ciudad,envuelveme dañinamente hasta perderse entre los mundanos ruidos y,cuando me alejo de ella,logro escuchar los divinos sonidos del escape a la paz.
ResponderEliminarGracias por tu comentario! Pienso que todos somos parte de la ciudad de cristal alguna vez. Yo me dedico a buscar la manera de irme de ella.
ResponderEliminarGracias Tati por este relato tan liberador. Lástima que para que alcancemos la felicidad tengamos que llegar a límites tan extremos. Que haya que perderlo todo para que entendamos que la vida es un regalo!
ResponderEliminarTe quedó perfecto. Cuento contigo.